lunes, 28 de septiembre de 2009

Ella

Cada día se sentaba junto a la pequeña mesita de su cocina, y esperaba impaciente a que el reloj de enfrente marcase las siete y cuarto de la tarde, hora en la que él, cruzaba por delante de su ventana.

Era un muchacho apuesto, elegante, con cierto aire aristocrático. No mostraba una titánica sonrisa pero esta en ocasiones se delineaba bajo su puntiaguda nariz. Ella, consciente de la situación, sabía a ciencia cierta que si el sonreía en su máximo esplendor, aparecerían dos hoyuelos a los que no conseguiría resistirse. Sabía que no lograría conformarse con observarlo a través del cristal.

A juzgar por su vestimenta, deducía que debía trabajar en un banco, o ser un mortal importante, de esos con miles de negocios que atender.

Lo contemplaba ensimismada para después tirarse un rato especulando. Tenía todo imaginado al más mínimo detalle.

Lo encuadraba dentro del grupo de tíos “de clase A”: amantes afectuosos, adinerados, amistosos y apasionados. Lo idolatraba.

A las ocho bajaba de las nubes. Hora en la que su marido llegaba del bar, pasado de copas.

EL

Todos los días a las siete de la tarde acudía a su oficina para devolver el coche del trabajo. Estaba cansado de su rutina y maldecía el barrio residencial de la zona. Añoraba sus tiempos buenos, en los que las facturas no le asfixiaban.

Había renunciado a todo y empezaba a olvidar sus ideales. Odiaba su actual trabajo, aunque era la única oportunidad que le habían ofrecido en muchos años. Aborrecía su traje de cobrador del frac y la política de extorsión de la empresa.

Su nuevo look no era santo de su devoción y se veía horrible sin sus largas y decoloradas rastas.

A las siete y cuarto pasaba delante de una ventana. Detrás de ella, una mujer de unos cuarenta años empezaba a preparar la cena. Sus rasgos no eran perfectos, pero había reparado en el continuo brillo de sus ojos.

De camino a su casa okupa, imaginaba que ella era la mujer de un importante hombre de negocios. Quizá la feliz esposa de un banquero. De esos a los que a él le asfixiaban continuamente.

Reflexionaba sobre su situación actual y sobre la de ella. Una bella mujer residiendo en un bello barrio residencial. No era una mujer para el.

Aunque le hubiese gustado contemplar esos ojos de cerca.


5 comentarios:

  1. Preciosa historia...

    Nunca sabemos realmente quien está pensando en nosotros...

    Saludines,
    YoMisma

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  2. Me encantan las historias cruzadas. Aquello de "que hubiera pasado si ella hubiera sabido..."
    Por eso mismo creo que estas cosas deben decirse siempre. Las historias deben cruzarse y empezar de nuevo.

    Saludos

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  3. Tal vez si alguno de los dos se hubiese decidido a dar el paso, la decepción hubiese sido peor.... Creo que es más bonito así, dejando volar la imaginación.

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  4. El maestro Cortázar maneja como nadie el cambio de perspectiva sicológica en los personajes. Recuerdo con especial cariño mi primera lectura del cuento 'La señorita Cora'.

    Ptd.- Agradecido por el enlace que haces de mi blog. También he enlazado el tuyo a mis vínculos. Un saludo.

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  5. Es dificil mantenerse con el otro, a veces buscamos a otros, pero la culpa, los celos, los reproches no lo impiden. Vivimos tanto...

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¡Bienvenidos al circo de la vida..!

¡Pasen y vean..! No se pierdan el mayor espectáculo de la humanidad, donde desde lo mas alto, gobernándolo todo, reinan inseparables el destino y la ironia. Ríanse a carcajadas con nuestros payasos: Paradoja, Sarcasmo, Chasco, Chiste y Chascarrillo quienes nos deleitan con sus absurdas evoluciones e ingeniosos juegos de palabras.


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